A balazo limpio: Benito Olmo se enfrenta a nuestro cuestionario.

¿Qué tiene la novela negra para haber llegado hasta el favoritismo de los lectores?

La novela negra tiene mucho de desafío, de reto. En este género, la resolución de un crimen no depende sólo de la pericia del autor, sino también de la complicidad del lector. La construcción y resolución de tramas criminales deberá ser honesta, lo que requiere un gran esfuerzo. Estoy convencido de que los lectores agradecen esa honestidad y la premian con su fidelidad.


¿No correremos el riesgo de saturarnos todos y agotar el género?

Por supuesto que no. Al contrario de lo que piensan algunos editores, los lectores son muy inteligentes y saben perfectamente lo que vale y lo que no. El género nunca se agotará, aunque si lo harán las novelas mediocres que ahora mismo saturan el mercado.

¿Usted se sintió desde siempre atraído por este género?

Sí. Tengo la suerte de pertenecer a una familia muy lectora y de crío leía las novelas que había por casa. Agatha Christie, Simenon, Vázquez Montalbán, Raymond Chandler... Con semejantes maestros, resulta lógico que a día de hoy sea un gran lector de novela negra.


Ahora que han pasado algunas décadas de expansión, ¿se atrevería a valorar la evolución que ha tenido el género en España?

Aquí el género negro llegó muy tarde, porque sufrimos una dictadura y, lógicamente, durante más de treinta años no se pudo escribir sobre policías corruptos, crímenes, etc. Andreu Martín, González Ledesma y Vázquez Montalbán, ente otros, se encargaron de poner los cimientos de lo que sería la novela negra patria, y posteriormente fueron secundados por autores como Lorenzo Silva, Alicia Giménez-Bartlett y Domingo Villar. A día de hoy, la demanda de novela negra no para de crecer, algo de lo que se aprovechan algunos editores impresentables para bajar el listón y saturar el mercado con novelas muy mediocres, simplemente porque pueden colocarles la etiqueta del género. Actualmente, no hay un género que refleje mejor los duros años de crisis económica que nos ha tocado vivir. El clima de desesperanza y malestar que se respiraba en las calles ha propiciado la aparición de una gran hornada de novelas negras tremendamente honestas y realistas.


Elija a un personaje y a un autor del género a quienes les hubiese gustado conocer.

Me habría gustado conocer a Pepe Carvalho y a Vázquez Montalbán, y pasar una tarde con ellos charlando y tratando de entender el mundo al calor de una chimenea alimentada con obras maestras de la literatura universal.


- ¿Y qué le ha traído a participar en estas jornadas, qué espera de Cartagena Negra?

Escribir es una labor muy solitaria y, si no te andas con ojo, corres el riesgo de convertirte en un ermitaño. Festivales como Cartagena Negra te ponen en contacto con otros escritores, lectores y amigos que comparten la pasión por el género negro y son un buen lugar en el que forjar alianzas, planear crímenes y enterarse de lo que se cuece en el mundo editorial. Espero que Cartagena Negra me proporcione ideas y ganas de seguir escribiendo.


¿Cuáles son sus armas y métodos preferidos a la hora de matar?

Siento debilidad por las armas blancas. Me maravilla lo fácil que es conseguir una de esas. Todos tenemos cuchillos en casa y, si te hace falta uno de forma inmediata, puedes adquirirlo en cualquier tienda sin acreditar estabilidad mental ni poseer una licencia que te habilite para ello. Están a tu alcance en cualquier momento y lugar. Sólo hace falta un poco de mala leche para pasar de filetear un solomillo a hacer lo mismo con una persona.


Ahora una complicada: elija algún personaje real para quitar de en medio y justifique el crimen, claro.

Filetearía con mucho gusto al pirata que se aprovecha del trabajo ajeno para enriquecerse, comerciando con lo que no le pertenece bajo la bandera de la “cultura libre”. Este negocio es complicado y la presencia de este tipo de personajes nos lo pone todavía más difícil.


¿Cómo podemos valorar el papel de la mujer en la novela negra actual?

Creo que basta con citar a dos autoras a las que admiro profundamente y que son muy representativas del extraordinario papel que juegan las escritoras en la novela negra actual: Dolores Redondo y Susana Hernández. La primera ha conseguido llevar el género a miles de hogares, mientras que la segunda ha escrito algunas de las mejores novelas que he leído en los últimos años.


Manuel Bianquetti es un gran personaje en todos los sentidos, ¿de dónde sacó semejante filón?

Quise crear un personaje de saga, con suficiente profundidad como para explotarlo a lo largo de varias novelas. Bianquetti bebe de las fuentes de otros personajes seriales a los que admiro, como Flanagan, Harry Bosch o Mike Hammer. Es muy liberador poner al frente de una novela a un personaje como este grandullón, con un ideal de justicia que persigue hasta sus últimas consecuencias, y que se lleva por delante a cualquiera que intente impedírselo.


Cadiz se está poniendo de moda como escenario de novela negra, ¿es algo novedoso o ya se veía venir? Usted está rompiendo con unos cuantos tópicos de la ciudad.

Odio los tópicos, y la imagen de Cádiz que se proyecta hacia el exterior sólo hace referencia a la alegría, el sol y las playas. Los gaditanos sabemos que es una ciudad con mucho más que ofrecer. Por eso en mis novelas hablo de ese otro Cádiz, el de verdad, que tiene mucha luz, pero también muchas sombras. Además, los crímenes nunca han sido patrimonio exclusivo de las grandes ciudades y el género negro sirve para poner en el mapa lugares como Cádiz, Valladolid o Castellón y demostrar que allí también se mata.


Díganos si la policía gaditana va a seguir temiendo a Bianquetti...

Esa decisión está en manos de los lectores. Si La tragedia del girasol les gusta y me demandan más novelas de Bianquetti, estaré encantado de escribirlas.


Ofrézcale algún consejo al lector de novela negra.

Que ignore las listas de los más vendidos y dé una oportunidad a autores menos conocidos. Estoy seguro de que se llevará más de una sorpresa. Y si tiene dudas, que se deje asesorar por los que más saben de esto: los libreros.

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